Por Nadia Gagliardini, Presidenta de Sipcam Oxon
La Unión Europea se ha fijado un objetivo extremadamente ambicioso: convertirse, de aquí a 2050, en la primera gran área política del mundo con cero emisiones. Según Bruselas, este resultado será posible gracias a una economía sostenible e innovadora, además de socialmente inclusiva. El Pacto Verde Europeo es un objetivo que implica a todos los sectores: transporte, energía, construcción, TIC y numerosos sectores industriales (acero, cemento, textil y químico, por citar los principales).
Lo que constituye un objetivo noble y plenamente compartido no debe, en su aplicación –como ocurre a menudo cuando se abordan objetivos tan “elevados”–, verse condicionado por una visión política guiada en ocasiones por un enfoque más ideológico que científica y objetivamente racional de la verdadera sostenibilidad. Esta última nunca se limita a un único aspecto, sino que requiere una evaluación global, teniendo también en cuenta que Europa no está aislada del resto del mundo. Por tanto, son necesarios estudios de análisis extremadamente complejos y detallados.
En lo que respecta a la agricultura, esta debería ser considerada por la UE una prioridad absoluta, ya que, como también se ha podido comprobar durante la reciente pandemia, la disponibilidad de alimentos en cantidad suficiente debe constituir un objetivo primordial (desde hace más de veinte años, China, al no disponer de tierras suficientes para alimentar a su población y consciente de que la dependencia alimentaria representa una gran vulnerabilidad, ha adquirido grandes extensiones de terreno para cultivar en numerosos países del mundo). A esta importancia fundamental se suma la capacidad de producir alimentos saludables en cantidades adecuadas. La industria que opera mediante medios técnicos para apoyar a la agricultura ha realizado y sigue realizando importantes inversiones en este ámbito.
Las decisiones relativas a la agricultura deben basarse en un concepto de sostenibilidad concreta. Los agricultores, nos guste o no, operan en un contexto global. Si Europa adopta unilateralmente decisiones que hacen que nuestra agricultura deje de ser competitiva, no solo se penalizará aún más a los agricultores europeos –algunos de cuyos sectores ya atraviesan grandes dificultades– y nuestra independencia alimentaria, sino también a los consumidores, ya que se importarán muchos más productos de los que ya se importan actualmente desde países no pertenecientes a la UE, donde se aplican estándares muy diferentes.
Desde hace años, en Europa y en los principales países desarrollados del mundo, el sistema agrícola y las empresas del sector trabajan con gran determinación para seguir garantizando alimentos seguros, en cantidades y con una calidad adecuadas, y accesibles incluso para las personas con menores ingresos. Estas mejoras continuas y la innovación constituyen la base del compromiso de todo el sector.
La industria agroquímica lleva mucho tiempo avanzando por el camino de la sostenibilidad y la innovación. La propuesta para la PAC 2021-2027 prevé que el 40 % de los presupuestos contribuya a la acción por el clima y que los planes estratégicos nacionales de la PAC –que deberán elaborarse a nivel nacional para la aplicación de la PAC posterior a 2020– tengan en cuenta todas las innovaciones disponibles hasta la fecha. El Pacto Verde Europeo incluye dos temas complementarios (junto con otros, como la biodiversidad y la estrategia «del productor al consumidor»): por un lado, el de los productos químicos sostenibles, que también puede alcanzarse mediante el apoyo financiero a la innovación, y, por otro, el de la reducción gradual del uso de productos agroquímicos y fertilizantes. Este objetivo debe equilibrarse con una gestión sostenible, tanto desde el punto de vista técnico como económico, de la producción agrícola europea.
El riesgo es que las intenciones de la política y del legislador –como lamentablemente ha ocurrido en el pasado– pasen por alto diversos aspectos, como la competencia en el ámbito de la producción: tanto industrial, por parte de numerosos países, empezando por China e India, donde las normativas medioambientales y de seguridad están menos desarrolladas, como agrícola, por parte de países en los que se utilizan tecnologías y productos, incluidos los OGM, distintos de los permitidos en la Unión Europea y donde las prácticas agrícolas son menos sostenibles.
Los costes relacionados con el cumplimiento del Pacto Verde Europeo podrían tener efectos, además de en la adaptación de los procedimientos y sistemas, también en el rendimiento de los productos. Desde hace años, la producción de productos agroquímicos y fertilizantes se ha centrado en la búsqueda de resultados cada vez más eficaces. También en este ámbito, la industria ha demostrado que cumple con su parte.
El imparable crecimiento de la población mundial, que alcanzará los 9.500 millones de personas en 2050, generará una mayor demanda de alimentos. El sector agrícola deberá afrontar importantes retos en el futuro, entre ellos la necesidad de producir mayores cantidades de alimentos utilizando prácticamente la misma superficie cultivable, en un contexto climático diferente al del pasado y cada vez más impredecible. Será necesario tener en cuenta numerosos factores, como la racionalización del uso de los recursos hídricos, las nuevas tecnologías, la escasez de mano de obra, el creciente impacto de la genética (diferenciado en las distintas regiones del planeta), los efectos de la agricultura de precisión y la inteligencia artificial. Además, habrá siete mil millones de animales de granja que deberán ser alimentados. Según la FAO, incluso hoy, sin pesticidas tendríamos un 30 % menos de cosechas. Millones de personas más podrían, por tanto, sumarse a quienes padecen hambre.
En lo que respecta al futuro de la agricultura y de la industria agroquímica en la Unión Europea, es necesario considerar, por último, que actualmente, dentro de la cadena de valor, el agricultor es quien asume el mayor riesgo y obtiene un beneficio modesto en comparación con el sistema de distribución de los productos hasta el consumidor final. La concentración global de la industria en nuestro sector, aprobada por las autoridades europeas de defensa de la competencia y sus homólogas en el resto del mundo, ha llevado a Bayer/Monsanto –nacida de la adquisición de Monsanto por parte de Bayer–, Corteva –resultado de la fusión entre DuPont y Dow–, Syngenta/Adama, BASF y UPL/Arysta –surgida de la adquisición de la estadounidense Arysta por parte de la india UPL– a controlar alrededor del 70 % del mercado de suministro a los agricultores de semillas, productos fitosanitarios, bioestimulantes y productos biológicos, con una fuerte integración reciente con las nuevas tecnologías, desde la agricultura de precisión hasta la inteligencia artificial. Este conjunto de consideraciones nos lleva a sostener que es esencial que Europa aborde la cuestión del Pacto Verde, aunque esperamos que lo haga con un enfoque objetivo y funcional y con una visión a largo plazo.